Syl salió de la casucha de Gadmund y comenzó a preguntarse como era que el y su hermano habían llegado donde estos vikingos, cómo era que no se había dado cuenta de que Rök era su hermano y cómo hacían para ser parte de estos hombres.
Paseando por la aldea mientras divagaba se encontró a Odgor, quien la miró entre avergonzado y atemorizado, agachando la cabeza dio media vuelta y se alejó de Syl. Ella lo encontraba extraño, era algo raro ver a uno de esos hombres con una actitud tan sumisa. Había visto a Ingunn mandonear a Kodran como si fuera un perrillo pero eso era cosa de marido y mujer, pues en casa era ella la jefa. Pero que un hombre, el mismo que la había apresado con tal ferocidad y asesinado a un niño sin inmutarse, que un hombre así diera media vuelta con el lomo agachado, a ella le causaba sorpresa y curiosidad.
El corto verano estaba terminando y se sentía venir el frío que la joven tanto odiaba. Jamás había podido tolerarlo. Abue decía que para eso había nacido con los cabellos color fuego, para sentirse mas calida.
Extrañaba a Abue, cosechar hongos con ella era una actividad que ella, cada 6 días, ansiaba que llegara. Recordaba ser tan inocente en aquellos días, ahora añoraba eso. Ahora, llena de odio y perversidad. Ahora deseando cosas que jamás imaginó serian parte de su vida.
Familia. Ya no tenía ni eso.
Había comprendido ya que los suyos eran solo una victima más de los invasores de aldeas pequeñas, que habían muchos como ellos, gente que estaba en paz y que de un momento a otro se convertía en cenizas.
Y que ella desde ya era parte de ese sistema de asesinatos y enajenamiento bélico que hace pocas semanas repudiaba.
Se acercaba el invierno, el frío, y se estaba cumpliendo casi un mes de su estadía allí.
Se acercaba el viento cortante, el frío en la cama y la angustiosa soledad que se siente en la espalda. Pero qué importaba. Casi esperaba su llegada para saber si aun podía sentir eso. Sabia dentro de si que la capacidad de sentir esas cosas se le iba apagando por culpa de la costumbre maldita de estar sola, de ser autosuficiente.
Pensando en esto decidió dar un paseo por los alrededores para distraerse y reflexionar sobre lo que venía.
La zona boscosa que rodeaba la aldea la maravillaba, entraba entre las copas de los árboles una hermosa luz azul de madrugada y color otoño al atardecer.
Cerca también estaba el río que habían seguido para llegar al campamento, al caminar cerca de el se podían sentir las gotas de rocío buscando cobijo entre los poros de la cara. El sonido del río era lo que mas gustaba a Syl. Era un sonido que por alguna razón relacionaba con la batalla, quizás por lo fuerte y agolpado, quizás por que era como una montonada de hombres corriendo y empujando sus cuerpos unos contra otros. Quizás por que casi sentía millares de voces y pensamientos al igual que cuando había visto la lucha.
El crujir de las hojas bajo sus pies, las pequeñas ramitas que yacían en el suelo pareciendo alargar sus bracitos para coger sus ropas. El olor de la madera, de la hierba, las luces de reflejos divertidos, entre el río y las formas ojivales que quedaban al filtrarse el sol por entre la frondosidad del bosque.
Se sentó a la orilla del riachuelo para mojar sus pies y cerro los ojos para recordar una vieja canción. La vieja canción que cantaba su padre mientras tallaba hermosos animales en madera.
- Syl...
- ¿Quién…? Ah Odgor, pensé que me temías como un conejito. ¿Que haces aquí?
- Vine a conversar contigo. Tienes razón, te temía, pero estuve hablando con Kodran y me contó que eres una mujer inteligente, con aptitudes para la guerra y además yo pienso que eres hermosa.
- ¿Vienes a decirme que crees que soy hermosa?¿Y esperas que te crea? Jamás lo he creído, ser diferente entre los míos. Mas parezco una demonia que una linda mujer, mi hermano solía decirlo: “jamás encontraras marido”. ¿Ves mis cabellos? Son casi rojos.
Syl se quedó mirando el suelo con una lágrima colgando de sus pestañas. Recordaba tantas cosas de su familia, de su vida, de su clan.
- ¡Mierda!
- Syl, que ocurre. No he dicho nada.
- No, es que… no creo que sepas lo que se siente que te lo quiten todo, sentirte tan solo aunque tanta gente te rodee. Siento mi cuerpo vacío, solo funcionando con la fuerza del odio. No sabes lo que es sentir que te tienes que refugiar en gente que casi no conoces, a la que no quieres, por sentirte tan solo. Tus entrañas ya no tienen calor propio, también se nutren del fuego de la venganza. Odgor, imagina que estoy aquí diciéndote lo que siento por que no había podido decirlo antes. A ti, Odgor. ¿Entiendes lo que digo?
- Syl, eres la mujer mas intensa que alguna vez he visto. Lo siento debería decirte otras cosas. Me cuesta controlar esto. Desde que te observé, no como a una posible presa si no como una mujer, una persona, te veo con admiración, es extraño. Casi no lo entiendo. Lo siento. Realmente siento todo esto, Syl.
- Ya, Odgor, déjame.
Syl le dio un puñetazo amistoso en el hombro, y se levantó para irse corriendo.
Y Odgor se quedó observando como sus pequeños pies casi no tocaban el suelo, como se alejaba danzando sobre el espinoso suelo.
Y Syl al saber que estaba fuera de su viste se acurrucó lo mas pequeña que pudo a los pies de un árbol y comenzó a llorar. Se quedó ahí hasta que su cuerpo dejó de temblar de tristeza. Hasta que pudo observar el cielo y sonreír solo por que las estrellas seguían ahí.
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