17 feb 2010

I

No había rocío en el sinuoso camino a pesar de que ya clareaba el día. Los caballos que llevaba con ella  estaban como adormecidos, a menudo tropezaban con sus propias patas. Y podía ver columnas de humo a su alrededor.
Sentía el olor a cabellos quemados, y no oía corazones latiendo. Su alrededor expresaba colores antes desconocidos para ella, se hacían formas en el viento que parecían ánimas del bosque o demonios hambrientos. Aunque sabia que eso era provocado por manos terrenales.
Ahora entendía por que su padre solía decir que los seres humanos  son las bestias más putrefactas sobre la tierra.  Acostumbraba decir eso cuando se sentaban a comer todos juntos cerca de un fuego amable y familiar. Hablaba de lo simples que le parecían las personas de oras tribus, con nada mas en la cabeza que matar y descuartizar. Incluso mataban animales solo por gusto, y a familias completas también.

Súbitamente y a traspiés se acercaba uno de los perros Keeshond con rasgaduras en la piel y la lengua pendulando, tenia miedo y sed,  los tres perros que los acompañaban durante el terrorífico trance de masacre se habían acurrucado junto a los niños que estaban con ella, gimiendo de miedo.

Syl ya sabía que el pueblo había sido incendiado y destruido hasta sus cimientos y  que todos habían muerto a excepción de unos cuantos animales.
Comprendía que las magias de la abuela no habían servido, contra esos seres deformes que ya sabían que se aproximaban.  Que sus padres habían sido atravesados por espadas y su hermano muerto en combate. Que las mujeres habían sido violentamente despojadas de su honra.
Ahora solo quedaban ella, los niños que había llevado a caballo a esconderse y los animales que se pudieran haber salvado.
Comprendía el largo viaje que debería emprender con aquellas vidas a cuestas para llevarlos a algún pueblo seguro.
Solo caminaría con ellos por el bosque, por el sinuoso camino, hasta saber que estaba lo suficientemente lejos como para olvidar que alguna vez amo a aquellos cremados cadáveres.
Y no daría un último vistazo a su aldea. Le bastaba con ver las formas que tomaba el humo al subir lentamente al cielo.

Entonces, una vez que el humo se disipó, emprendió el viaje, huyendo de lo púrpura de la sangre y del olor de carne y paja quemada. No le costo mucho quedar al cargo de los demás jóvenes sobrevivientes, y, aunque jamás había blandido una espada, si tenia un gran control sobre el cuchillo. Abue siempre dijo que la cocinería alguna vez serviría a los líderes.  

Al caer la nueva noche no pudo cerrar los ojos, atrincherada entre espinosos arbustos con los niños y los animales sentía como explotaba su corazón una y otra vez de una rabia que no conocía. Los caballos retozaban más calmos, y los perros se mantenían atentos. Habían caminado muchas horas,  por el bosque, con el extraño clima acosándolos y el dolor mordiéndole los parpados. Se sentía cansada pero eso la hacia olvidar, y en ese momento era lo mejor.
Se escuchaban sonidos en el bosque, pero no la asustaban, a sus 13 años ya había vivido suficiente. Aunque los niños lloraban con el crujir de las ramas, también sabían que eso de ser pequeños ya debía acabarse. Debían hacerse hombres, mujeres, hechos y derechos. Y dejar en paz el nombre de los muertos. Mas no el de los homicidas.
Ahora, solo sentía ganas de asesinar, de masacrar a los malditos perros que le hicieron tanto mal a su gente. Perros... No, eso es un halago. Pero también estaba agotada de odiar. Su corazón gimoteaba y se retorcía y sabia que debía dormir para calmar aquel arranque.
Pero cada vez que cerraba un poco sus ojos, unos extraños delirios la asaltaban y la obligaban a poner atención en otra cosa. Algo le ardía dentro.  
Sabía que al próximo día debía seguir adelante y encontrar una aldea en pie para dejar ahí a los niños y establecerse. Quizás vendiendo los caballos y trabajando la tierra lograra salir adelante y encontrar un buen marido. Aunque en ese momento solo quería morir, y encontrarse con sus padres, con Abue y con su hermano mayor. Konkhi hubiese sido un gran guerrero, era fuerte y guapo y grande como un oso. Adoraba cuando la abrazaba y le hacia cosquillas, la envolvía con sus brazos inmensos y se reía también, como un pequeño niño.
Pero tenia que llegar ese oscuro día, en que se oían los cascos de muchos caballos al galope, el día en que a Abue le dolía su diente falso, una garra de halcón que se puso en la encía para poder masticar sus hierbas rituales. Recordaba una y otra vez cuando Padre la obligo a marcharse con los niños, de una bofetada. Eso fue lo ultimo que recibió de el. Lo más cercano a un abrazo de despedida. Pero mientras lo miraba desde el suelo sabía que era por el bien de la raza. Y no había podido evitar llorar junto a el por un ultimo momento.
Ya la noche se le había ido entre recuerdos y mocosos sollozos.
En el momento de clarear el día,  solo miró las luces polares, los reflejos en las piedras y el púrpura en las gotas de rocío. Ese color le recordaba tanto la masacre de su pueblo. De ese color se imaginaba que era la sangre de sus amados, de un color divino, un color que se iba diluyendo con el agua pura.
El rocío se llevaba también el maldito humo.
  

II

El camino con los animales y niños fue largo, y Syl, debido a su rabia, había olvidado el hambre y la sed.
La noche siguiente fue ineludible buscar una alimaña y hacerla comestible de alguna manera así es que ella tomo esa misión y envió a dos pequeños en busca de agua, escuchaba un río correr cerca.
Se internó un poco en el bosque para encontrar algo, pero de pronto escucho un terrible sonido que sonaba como un cuerno de guerra, que significaba muerte para ella, lo que la hizo detenerse y buscar cerca de donde se habían establecido. Los perros olían algo entre  unas ramas y al mirar encontró una pequeña cueva, había hallado una madriguera, y sin meditarlo saco de su cinto el cuchillo y lo introdujo certeramente, escuchando un chillidito de muerte del animal. Y con la mano ensangrentada lo saco y lo envolvió en un par de hojas. No podía evitar pensar que sentiría si esa sangre fuera de los malditos bastardos que le quitaron todo, menos el peso de la vida.

Al llegar donde los niños, vio que sus caritas de alegría por la comida. Cocinaron y bebieron el agua que habían traído en unos pequeños tachos que habían logrado sacar de su aldea antes de escapar. Comieron la poca carne que consiguieron del animalillo, y se recostaron para imaginar q solo salieron de paseo y todo seguía como antes. O por lo menos los pequeños hacían eso, Syl soñaba con sangre, tripas y venganza. Como si el odio la estuviera consumiendo.

Al clarear el día emprendieron de nuevo el viaje, caminando extenuantes horas, el sol en lo alto no los ayudaba, y lo poco que habían comido ya se había esfumado de sus estómagos, estaban agotados, incluso uno de los niños sufrió un desmayo, mal augurio para los caminantes desesperanzados. Vagaron por horas, hasta que la líder les dio la venia para descansar. Se sentaron todos en un claro del bosque y por primera vez en el viaje pudieron conversar distendidamente. Syl les contaba sobre la ves que le pidió a su hermano que le enseñara a luchar y este la miro con ternura intentando aguantar la risa.
Y todos los pequeños reían.

Hasta que oyeron mucho ruido, cada vez mas ruido. Y de entre los árboles salió  un tipo inmenso, ataviado con cueros y metales. Con una espada en la mano.

- Miren, ¿Qué tenemos aquí? Si son pequeños niños y con regalos incluidos. ¡Ajajajaja!. ¿Quién será el primero en morir?

Syl toco la empuñadura  de su cuchillo, pero no con suficiente cautela. El hombre gigante le grito que se quedara quieta a la vez que enterraba su arma en el cuello de uno de los niños. Y este quedo en el suelo con la mirada perdida y con extraños sonidos saliendo junto con la sangre de su garganta.

Luego agarro a Syl del  pelo y la tiró al suelo.

- Aquellos que quieran seguir con vida vendrán conmigo. Los que no pues que luchen por su libertad y mueran en el intento. Ya saben lo que puedo hacerles.
- Por favor...
- ¡Calla! Ven aquí.

La volvió a agarrar del pelo, esta vez para arrastrarla junto a el. Caminaron un pequeño trecho y vieron a más hombres gigantes. Eran hombres extraños, de grandes barbas, cabellos tan rojos como la sangre que había en sus hachas, raros pictogramas dibujados en sus caras, brazos, armas, escudos y armaduras.

- Oye Jefe, mira lo que te traje. Una jovencita para que tengas diversión

El tipo que supuestamente era el jefe se quedo mirándola, con una extraña expresión. Parecía entre horror y sorpresa. Era como si la hubiera reconocido de algún lado.

- Odgor, déjala ahí, y que la vigilen, tengo que comentarte algo pedazo de imbécil.
Lo llevo a un lado para decirle:

- ¿Viste sus cabellos?, responde, ¿te fijaste en su cara?, ¡en su figura! ¿No te recuerda a alguien?
- No, jefe solo es una jovenzuela impertinente. Quiso sacar su cuchillo para atacarme la muy…
- Shhht. ¡Insensato! Sus cabellos son tan rojos como el fuego que lame la muerte, y su cara está impregnada de fuerza guerrera. Podría matarte con la mirada. Estoy casi seguro de que es una de ellas.
-¿De quienes, Jefe?
- Una de esas, ¡ah! Cuentan que algunas valkirias rondan cerca de nosotros que están perdidas, que aun no encuentran su verdadera naturaleza.

Odgor lo miró con horror.

Mientras tanto, donde estaban el resto de los hombres algo terrible sucedía. Cuando dejaron a Syl con ellos, todos se miraron y echaron suertes. El ganador sería el primero en violarla.
La tomó de los cabellos y la apoyó contra un árbol mientras desgarraba sus ropas con furia y le manoseaba los pechos. Syl intentaba resistirse y cubrirse pero las ropas ya habían caído al suelo. Trato de rasguñarle la cara pero al hacer esto todo fue peor, el tipo la golpeó, y saco de su cinto un cuchillo corto que le apoyó en sus  más íntimas partes.

- Si te vuelves a mover vas a sentir dolor de por vida, putita.

Syl se quedó quieta mientras ese tipo la ultrajaba. Su olor a hombre le daba nauseas y se sentía tan aplastada que le costaba respirar. Y mientras el tipo la arremetía una y otra vez la golpeaba también. Hasta que se desmayo.

- Es una debilucha. No nos servirá de esclava. Deberíamos matarla y ya.
- Nark, que haces puerco de los mil rayos. Justamente le decía al otro imbécil que no fueran a  cometer tamaño error.

Nark miró a Odgor con cara de interrogación, y Odgor les dijo a todos lo que Kodran, el  jefe, pensaba.

Todos se horrorizaron. Claro que solo un poco.
Kodran, cubrió a Syl con unos cueros, la dejó sobre un caballo y levantó el campamento para marchar hacia la aldea por la orilla del río. Los niños venían amarrados tras el caballo de la niña lider. Caminaron alrededor de tres días, en los cuales Syl divagaba entre la conciencia y los desmayos del trauma. Y los niños no podían dejar de llorar al recordar lo horrible que habían visto.


Hasta que por fin llegaron a una aldea establecida cerca del río que estaban siguiendo.
Había muchos más de aquellos hombres, con sus mujeres y niños, como una aldea normal. Solo que su apariencia se mantenía espantosa. Dejaron a  los niños y los animales en un corral. Y Kodran se llevó a Syl a su choza. Le ordeno a su mujer que la cuidara, y le explicó toda la historia.
Ingunn no quería tener ese pesar en su casa pero su hombre aseguraba que debían revertir el daño causado.

A un lado de la aldea había mar y aterradores barcos, cuyos mascarones de proa semejaban la cabeza de un dragón. Con los que saqueaban pueblos enteros.
Era claro que para estos hombres una pequeña niña de 13 años y sus niños jamás significaría una amenaza.
Syl pasó al menos 4 días con fiebre, delirando, gritando que mataría a todo aquel que osara hacerle daño otra vez. Estuvo bajo los cuidados de Ingunn, era una mujer dulce, que  la cuidaba como si fuera su hija
Cuando recobro el sentido miró a la mujer con furia. Pero esta la calmó y le aseguró que nada le pasaría.

- Los niños. Donde... ¡donde!
Se levanto y salio de la choza y le pregunto al primer hombre que vio, que de casualidad era Odgor. El tipo al verla se asustó y le dijo:
-          No me odies.
-          ¿Dónde están los niños?
-          Los hemos tomado de esclavos, están trabajando para ganarse el pan, aunque solo quedan 5 los demás han muerto asesinados o enfermos. Pero no nos culpes, es así como vivimos, así es como hemos alcanzado la gloria y el favor de los dioses.
-          ¿Por qué te importa tanto que no los odie? Lo mas probable es que me usen de esclava igual que a ellos o de meretriz para tu jefe.
-          No, tu no.

Syl lo miró extrañada, y Odgor se marchó a paso acelerado. La verdad es que temía muchísimo que en el momento en que ella se revelara lo aniquilaría.

La niña observó a su alrededor y vio al jefe bebiendo con un grupo de hombres.

-          Señor, no se con qué propósito me ha cuidado y protegido de estos sucios puercos. Pero debe dejarme ir, a mí y a los niños. Necesito dejarlos a salvo.
-          Niña, tu te quedas aquí. Estoy convencido de que algún dios te habrá enviado y si es así debo cuidarte y protegerte cuanto pueda. Con respecto a los niños no hay nada que hacer. Son esclavos y así se quedan.
-          No lo entiendo. Como los dioses me odian tanto. Primero envía a unos hombres a destruir todo lo que tenia, a matar a mi familia y ahora me mantiene cautiva. Es culpa de mi madre por ponerme este nombre sin un significado. Decía que lo vio escrito en el cielo mientras me paría.

Los hombres se miraron unos a otros cada vez mas convencidos de que Syl era una valkiria dormida y atrapada.

-          ¿Puedo pedirle al menos que no asesinen a otro más? Somos los únicos que quedamos de nuestra raza.
-          Está bien, pero si mueren no lo veas como nuestra culpa. No los tocaremos, pero si enferman deben cuidarse solos
-          Está bien, es razonable.

Además de eso y casi como un favor, les pidió un entrenamiento en la batalla. Todos al unísono se largaron a  reír y tomaban grandes bocanadas de aire para seguir con sus carcajadas, menos el más pequeño de ellos que se veía apartado y callado.
Pero era la protegida del jefe y como se encontraban en esa extraña situación, aceptaron el trato a pesar de lo chistoso que este sonaba para ellos, y le advirtieron a Syl que ellos eran vikingos, los más grandes y temerarios navegantes y saqueadores. Ella en un encogimiento de hombros demostró algo de ignorancia y no le importo, si esto era cierto, que fueran sangrientos y temerarios, el entrenamiento seria realmente bueno para ella y podría cobrar la venganza tan deseada y ansiada por su corazón.


Le dieron a escoger un maestro para que le enseñara, ella eligió al más grande, al que le recordaba a Konkhi.
Era un guerrero de casi 2 metros, con largas trenzas rojas  y una abundante barba, portaba 2 grandes hachas y un cuchillo que más bien parecía una espada, y su nombre era Gadmund.

Le advirtieron que el entrenamiento no duraría mucho pues estaban esperando que los dioses les dieran la venia para navegar. Luego, ellos se pondrían en marcha para “trabajar” como ellos lo llaman. 

Por lo mismo, Syl decidió comenzar su entrenamiento de inmediato con Gadmund en el uso de la espada.

Primero, Gadmund le pidió que le contara por que una niña de 13 años como ella, quería usar una espada y por que viajaba con jóvenes a su cargo.
Syl tuvo que explicarle lo de la destrucción de su aldea, como vio que todo ardía en llamas y como su familia se había quedado a luchar en vano. Se lo contaba entre mínimos sollozos.

-No llores, eso no va con un guerrero, ya sécate la cara, y echa los hombros hacia atrás, eso, así. Y saca pecho, así intimidas... bueno, algo. Ahora quiero saber, para qué quieres entrenarte en la batalla.
-Mi motivo, es la venganza. Gadmund, quiero encontrarlos y matarlos, a todos, incluso les sacaría los ojos, para que pierdan su alma pútrida.

Gadmund sonrió casi con orgullo, y le palmeó fuertemente la espalda. La pequeña Syl casi cae, y se puso a reír débilmente, mientras Gadmund se sujetaba el pecho en rugientes carcajadas.

El entrenamiento ese primer día fue sencillo, empuñar la espada y los primeros movimientos, el segundo día, comenzaron temprano, junto con el sol. Syl ya comenzaba a admirar a Gadmund y, extrañamente, notaba que él le tenía cierto cariño. El tercer día, cuando le estaba enseñando a detener golpes, escucharon el sonido de un cuerno, era la alarma, la misma que oyó atemorizada hace tres días cuando buscaba alimento. 
Pero esta vez era distinto, una batalla se aproximaba, hasta Syl podía olerlo en el aire, ese olor a sangre y a humo, el mismo que había sentido ese día de la destrucción de su aldea.

15 feb 2010

III


El ataque al campamento era inminente, los cuernos sonaban como si fuera a acabarse el mundo y las mujeres y los niños se ponían a resguardo. Era una ofensiva inesperada, lo único que podían hacer era defenderse con su acostumbrada ferocidad. Se pusieron encima sus pieles y cascos y cargaron sus espadas y hachas cortas. Además de eso bebieron unos cuantos tragos de alcohol para excitar el espíritu.
Syl estaba nerviosa, sabía que quizás podía ser su oportunidad para vengarse pero, tenia miedo, aun le tenía miedo a la batalla, miedo a matar a alguien, miedo a no poder concretar su venganza. Gadmund le dijo que se pusiera a salvo, y a pesar de que esto le recordaba en demasía la destrucción de su aldea, fue lo que hizo.
Ahora se sentía mas atemorizada, siendo conciente de lo incapaz que era de defenderse por si misma. El entrenamiento que había hecho era aún básico, aun no sabía enfriar su sangre para convertirse en una guerrera despiadada. Su cuchillo ya no le daba tanta seguridad como antes y se sentía pequeñísima cerca de esos tremendos hombres.

Los enemigos se aproximaban, se podía ver el polvo que  levantaban con el galopar de sus caballos. Con cada metro que avanzaban a Syl se le alborotaba algo en la garganta. Al parecer eran los mismos desgraciados que había visto antes, aquellos de los que no se sabía un nombre pues eran demasiado desconocidos. Gadmund le había comentado que había varias tribus de saqueadores, sin fama y que los romanos se referían a todos ellos como “bárbaros”, sin distinguir raza pues eso era ponerles mucha atención.
Si, el polvo levantado del camino formaba figuras que solo ella veía, a su entender, eran los dioses intentando detenerlos, Dioses desconocidos para ella, los Dioses Vikingos.

Estos bárbaros, al llegar al campamento, entraron en feroz combate con las fuerzas de Kodran. Sangre y gritos era lo único que dejaba la batalla. Podía ver como les sacaban las tripas a unos y le enterraban el hacha en el ojo a algún otro abriéndole el cráneo. Lo más horrible que vio fue cuando Odgor con una sola mano trituro el cuello de un pobre tipo y se lo abrió a lo largo, y ese hombre al no morir de inmediato pudo ver sentir todo el dolor del infierno sobre el. Los gritos eran desgarradores, se veían hombres reptando, arrastrándose y pidiendo misericordia o muerte. Y los anfitriones de Syl estaban casi ilesos.

Era cierto, los Vikingos eran grandes guerreros, tal y como fue advertida Syl, quien miraba absorta la batalla con un secreto placer palpitándole en los labios. La joven estaba tan sumida e interesada en la acometida, era casi como una clase intensiva para ella, que no se dio cuenta que uno de los bárbaros se le aproximaba, viéndola como una mujer débil y corrompible, con la lujuria que despierta en los hombres la batalla y la boca abierta como un demente.
Por suerte, su mentor, Gadmund, estuvo siempre atento a ella y logró defenderla, atemorizando al tipejo. Pero con un alto costo, su brazo izquierdo. Esta quedo totalmente inutilizado, casi fue rebanado con el golpe de espada que detuvo con él, al menos, la mística joven de rojos cabellos estaba a salvo. Los bárbaros que quedaban vivos admitieron su desventaja y emprendieron la retirada.

Syl comenzó a llorar al ver lo sucedido.

-          Syl, no llores, a mi fue al que le cortaron el brazo, ¿no? Tú estás a salvo. Además todo fue por mi culpa, siempre me dijeron q usara escudo.
-          Pero es que... Gadmund.... ¿como puedes ser tan fuerte?
-          Niña, soy un vikingo, recuérdalo, los mejores guerreros que esta tierra verá
-          Eres de admirar. Quisiera ser como tú algún día. Sé que me enseñaras a ser como tu.
-          Mentira, ya no podré seguir entrenándote, mi misión no fue cumplida
-          Ya no importa Gadmund...

Lo dijo para calmarlo, pero moría de pena por dentro. Y ese fuego maldito aun la quemaba, cada vez con más intensidad.

Gadmund, desmayado debido a la magnitud de su herida y la sangre perdida, fue llevado a curación junto con los demás heridos en batalla.
Mientras tanto, Syl con ayuda de los hombres sanos y algunos esclavos amontonaban los cadáveres de los bárbaros invasores para hacer una pira funeraria. Se los ofrecerían a los dioses como agradecimiento por el favor que les tenían. A la joven le tocó recoger varios trozos de cuerpo que se encontraban diseminados. Dedos, intestinos y hasta piernas. Vio como uno de los niños debía llevar una cabeza colgando de los cabellos al montón putrefacto de muertos. Pero aún así no estaba tan horrorizada.
Al encender la pira, los olores de humanos calcinados le traían recuerdos, a ellos los odiaba, pero olían igual que su familia, al final todos eran carne huesos y cabellos sin vida.

Syl se quedo observando el fuego y el humo hasta que anocheció, luego de eso fue a casa de Kodran, donde dormía, a hablar con Ingunn, quien se había convertido en una buena amiga para ella pues se sentía muy sola.

-          Ingunn, soy una extraña aquí, y sin embargo siento de verdad dentro de mí que pertenezco aquí.
-          Y cual es el problema Syl – le decía cariñosamente mientras le peinaba los cabellos – Eres una hermosa joven, fuerte, puedes casarte y formar una familia aquí. Creo que Kodran se alegraría mucho de eso. Te estima muchísimo.
-          Lo sé, pero, no entiendo bien por qué. Me tratan como si fuera parte de su familia. Incluso Gadmund., ya lo quiero y el me cuida como si fuera su hija.
-          Ya te lo dije, mi pequeña, eres especial. Eres fuerte y tienes alma de guerra. Eso para ser una mujer es bastante bueno. Tu vas a hacer lo que ninguna de nosotros ha logrado, vas a lograr que nos miren hacia arriba, con la admiración que realmente nos merecemos.
Ingunn besó la mejilla de Syl y se fue a dormir. Esa noche no fue agradable para nadie. Syl, dando un paseo nocturno debido al insomnio, notó por primera vez que el más pequeño de los vikingos, ese que se mantenía apartado de los demás, perdía su tranquilidad. Sin duda no era la batalla, era algo más. El chico estaba nervioso y se notaba angustiado. Ella incluso percibía ciertos colores alrededor de el que manifestaban un estado de dolor espiritual. Con una mirada lo invitó a ver a Gadmund.

-          Pequeña mía, que es lo que me traes ahí.
-          Un amigo para que se distraigan juntos. Estoy tan apenada por esto. No puedo dormir, además…
-          Syl, tu entrenamiento va a continuar. No pienses lo contrario.
-          No pensaba en eso. Pensaba en que, me he aferrado a ti tan rápidamente, me recuerdas a mi hermano y te he empezado a querer casi como a un padre. Gracias por cuidarme, me hacía tanta falta…

A Gadmund y a la chica se les llenaron los ojos de lágrimas. Pero el hombre rápidamente adopto una actitud dura y firme, le dijo que fuera a ver a Kodran con las primeras luces, y que se retirara a dormir. No era un lugar indicado para una chica tan linda. Y menos si se iba a poner sentimental.

Con el frío del alba, Syl se levantó para seguir con su vida. Habló con Kodran y le comentó lo cómoda que se empezaba a sentir, además del comentario de su esposa Ingunn de que hasta podría formar una familia ahí con ellos. También le habló para solicitarle un nuevo entrenador, el jefe le dijo que solo Gadmund podía elegir a su sucesor.

-          Gadmund, Kodran me mando acá para conocer mi futuro entrenador.
-          Niña, no puedes tener a un mejor entrenador que yo, y lo sabes. Aún seré tu mentor, no podré enseñarte los movimientos mostrándotelos, ya que mi salud no esta bien, pero para eso tengo otros discípulos – Gadmund intentó reír pero eso le producía dolor en el hombro y una horrible expresión en el rostro. 
-          No te esfuerces Gadmund, tampoco necesito a un entrenador experto, solo escógelo.
-          Compréndelo, no es algo al azar tu entrenador, ni siquiera te imaginas quien eres, niña, además a ti te motiva la venganza, al igual que a mi. Solo podría dejar que una persona me reemplazara en esta tarea... mi hermano Rök.
-          ¿Tienes un hermano? ¿Y esta aquí? ¿Cuál es?
-          ¿Ves a ese antisocial, apartado, retraído y flacucho de por allá? Pues ese es Rök, mi hermano menor. Ese que me trajiste para animarme la otra noche. Syl, nosotros vivimos algo semejante a lo tuyo, el tenia tu edad cuando mataron a nuestro padre. No somos de aquí, aunque lo parezca, no somos parte de estos Varegos.
-          Oh... entiendo, no pudiste elegir un mejor entrenador para mi entones, Gadmund.


Syl sonriendo acarició la frente de ese hombre que tanto bien le hacía. Ya era hora de dejarlo descansar un poco para que se recuperara. Lo quería, si. Se empezaba a sentir en casa con cada nuevo día. Lo sabía desde que vio a los dioses luchando en el polvo de la batalla.

10 ene 2010

IV

Syl salió de la casucha de Gadmund y comenzó a preguntarse como era que el y su hermano habían llegado donde estos vikingos, cómo era que no se había dado cuenta de que Rök era su hermano y cómo hacían para ser parte de estos hombres.

Paseando por la aldea mientras divagaba se encontró a Odgor, quien la miró entre avergonzado y atemorizado, agachando la cabeza dio media vuelta y se alejó de Syl. Ella lo encontraba extraño, era algo raro ver a uno de esos hombres con una actitud tan sumisa. Había visto a Ingunn mandonear a Kodran como si fuera un perrillo pero eso era cosa de marido y mujer, pues en casa era ella la jefa.  Pero que un hombre, el mismo que la había apresado con tal ferocidad y asesinado a un niño sin inmutarse, que un hombre así diera media vuelta con el lomo agachado, a ella le causaba sorpresa y curiosidad.

El corto verano estaba terminando y se sentía venir el frío que la joven tanto odiaba. Jamás había podido tolerarlo. Abue decía que para eso había nacido con los cabellos color fuego, para sentirse mas calida.
Extrañaba a Abue, cosechar hongos con ella era una actividad que ella, cada 6 días, ansiaba que llegara. Recordaba ser tan inocente en aquellos días,  ahora añoraba eso. Ahora, llena de odio y perversidad. Ahora deseando cosas que jamás imaginó serian parte de su vida.
Familia. Ya no tenía ni eso.
Había comprendido ya que los suyos eran solo una victima más de los invasores de aldeas pequeñas, que habían muchos como ellos, gente que estaba en paz y que de un momento a otro se convertía en cenizas.

Y que ella desde ya era parte de ese sistema de asesinatos y enajenamiento bélico que hace pocas semanas repudiaba.
Se acercaba el invierno, el frío, y se estaba cumpliendo casi un mes de su estadía allí.
Se acercaba el viento cortante, el frío en la cama y la angustiosa soledad que se siente en la espalda. Pero qué importaba. Casi esperaba su llegada para saber si aun podía sentir eso. Sabia dentro de si que la capacidad de sentir esas cosas se le iba apagando por culpa de la costumbre maldita de estar sola, de ser autosuficiente.

Pensando en esto decidió dar un paseo por los alrededores para distraerse y reflexionar sobre lo que venía.
La zona boscosa que rodeaba la aldea la maravillaba, entraba entre las copas de los árboles una hermosa luz azul de madrugada y color otoño al atardecer.
Cerca también estaba el río que habían seguido para llegar al campamento, al caminar cerca de el se podían sentir las gotas de rocío buscando cobijo entre los poros de la cara. El sonido del río era lo que mas gustaba a Syl. Era un sonido que por alguna razón relacionaba con la batalla, quizás por lo fuerte y agolpado, quizás por que era como una montonada de hombres corriendo y empujando sus cuerpos unos contra otros. Quizás por que casi sentía millares de voces y pensamientos al igual que cuando había visto la lucha.

El crujir de las hojas bajo sus pies, las pequeñas ramitas que yacían en el suelo pareciendo alargar sus bracitos para coger sus ropas. El olor de la madera, de la hierba, las luces de reflejos divertidos, entre el río y las formas ojivales que quedaban al filtrarse el sol por entre la frondosidad del bosque.

Se sentó a la orilla del riachuelo para mojar sus pies y cerro los ojos para recordar una vieja canción. La vieja canción que cantaba su padre mientras tallaba hermosos animales en madera.

-          Syl...
-          ¿Quién…? Ah Odgor, pensé que me temías como un conejito. ¿Que haces aquí?
-          Vine a conversar contigo. Tienes razón, te temía, pero estuve hablando con Kodran y me contó que eres una mujer inteligente, con aptitudes para la guerra y además yo pienso que eres hermosa.
-          ¿Vienes a decirme que crees que soy hermosa?¿Y esperas que te crea? Jamás lo he creído, ser diferente entre los míos. Mas parezco una demonia que una linda mujer, mi hermano solía decirlo: “jamás encontraras marido”. ¿Ves mis cabellos? Son casi rojos.

Syl se quedó mirando el suelo con una lágrima colgando de sus pestañas. Recordaba tantas cosas de su familia, de su vida, de su clan.

-          ¡Mierda!
-          Syl, que ocurre. No he dicho nada.
-          No, es que… no creo que sepas lo que se siente que te lo quiten todo, sentirte tan solo aunque tanta gente te rodee. Siento mi cuerpo vacío, solo funcionando con la fuerza del odio. No sabes lo que es sentir que te tienes que refugiar en gente que casi no conoces, a la que no quieres, por sentirte tan solo. Tus entrañas ya no tienen calor propio, también se nutren del fuego de la venganza. Odgor, imagina que estoy aquí diciéndote lo que siento por que no había podido decirlo antes. A ti, Odgor. ¿Entiendes lo que digo?
-          Syl, eres la mujer mas intensa que alguna vez he visto. Lo siento debería decirte otras cosas. Me cuesta controlar esto. Desde que te observé, no como a una posible presa si no como una mujer, una persona, te veo con admiración, es extraño. Casi no lo entiendo. Lo siento. Realmente siento todo esto, Syl.
-          Ya, Odgor, déjame.

Syl le dio un puñetazo amistoso en el hombro, y se levantó para irse corriendo.
Y Odgor se quedó observando como sus pequeños pies casi no tocaban el suelo, como se alejaba danzando sobre el espinoso suelo.
Y Syl al saber que estaba fuera de su viste se acurrucó lo mas pequeña que pudo a los pies de un árbol y comenzó a llorar. Se quedó ahí hasta que su cuerpo dejó de temblar de tristeza. Hasta que pudo observar el cielo y sonreír solo por que las estrellas seguían ahí.